Desde las alturas

En lo alto, una sombra surca los cielos, ¿es una avión? ¿es superman...? Pues va a ser que no, es Rann, el milano. Desde las alturas nos trae una serie de artículos semanales que se iran publicando en esta su columna, ¡que los disfrutéis!



ESPECIAL: La leyenda Hopi.

Dado que esta entrega es mas larga, tiene su propia pagina aqui

ENTREGA 15: Una cuestión incómoda.

Se ha publicado una noticia, poco antes de regresar a tierras americanas, que me ha dejado conmocionado. La fiscalía de Portugal ha imputado por homicidio a varios scouters y al coordinador de un grupo de Madrid, a causa del fallecimiento de un scout de 13 años durante una acampada de verano.

La tragedia sucedió en 2005, en un campamento scout que tenía lugar en Portugal (voy a omitir ciertos detalles, por respeto a todos los implicados). Al parecer, durante el primer día de raid, el chico se desmayó, y cuando lo trasladaron al hospital no hubo nada que pudieran hacer para reanimarlo.

Como siempre, a partir de aquí las versiones de los implicados difieren considerablemente. Según algunos, la marcha estaba perfectamente planificada, no hacía calor, la ruta disponía de agua y el muchacho se encontraba en buenas condiciones antes de la salida, por lo que nadie se explica lo que pasó. Según otros, el grupo se perdió, no tenían agua suficiente, había una ola de calor y el día anterior a la salida habían tenido que llevar a ese mismo muchacho al hospital por fiebre y dolores en un pie. En definitiva, según algunos, era algo imposible de predecir; según otros, se trata de un caso de negligencia.

Por si fuera poco, la prensa no sólo no ayuda a clarificar las cosas, sino todo lo contrario, emborronándolo todo con interpretaciones absolutamente disparatadas y contradictorias. Partiendo de lecturas sesgadas del mismo comunicado de la agencia EFE, unos periódicos dicen que la autopsia no reveló nada concluyente, mientras que otros te reproducen el supuesto contenido de la autopsia. Algunos dicen que tuvo que intervenir la policía marítima de Portugal, rescatando a unos niños que apenas podían tenerse en pie, mientras que otros ni siquiera mencionan tan destacado incidente.

Nadie se pone de acuerdo en prácticamente ningún aspecto del caso, y resulta complicado tratar de esclarecer algo cuando lo único de lo que disponemos es de semejante informació. De cualquier forma, yo particularmente me quedo con el comunicado que los padres del grupo scout implicado hicieron público al poco de conocerse la noticia.

En él afirman su absoluta confianza en los monitores y en el coordinador, alguien que lleva demasiado tiempo en los scout haciendo las cosas bien como para poder ser acusado de negligente a la ligera. Esa confianza me parece reveladora, porque los padres, má que cualquier periódico o versió interesada, conocen cómo funciona un grupo, cómo se llevan a cabo las cosas y quiénes son los responsables de ello.

Dicho esto, y por encima de todo lo anterior, lamento muchísimo lo ocurrido al scout y a su familia, a los que desde aquí quiero enviar mis condolencias.

Si es que sirve de algo, que creo que no.

ENTREGA 14: Intersecciones.

El fin de semana del 5 al 6 de abril tuvieron lugar los Intersecciones, que reú, por unidades separadas (castores, manada, tropa, esculta y clan), a los grupos scout de Madrid en distintos albergues de la comunidad. Junto al San Jorge y al Festival de la Canció, los Intersecciones son el momento en que los chavales pueden salir de la rutina habitual de su ronda para conocer gente de otros grupos, scouts y scouters que les abren un poco má los horizontes en esto de pasárselo en grande.

Uno de los problemas de pertenecer a un grupo scout es que eso de ver a niños con su uniforme y su pañoleta caminando por la calle provoca un cierto recelo en mucha gente. La gente piensa que es cosa de locos, que hay que carecer de uno o má tornillos para prestarse a ese tipo de actividades, y el asunto empeora conforme uno se hace mayor, ya sea adolescente o scouter (eso de hacer una labor sin recibir dinero a cambio hay muchos que todavía son incapaces de concebirlo).

Quizá por la sensació de cierto desamparo ante ese rechazo social, reconforta tanto llegar al albergue de Guadarrama, por ejemplo, y ver a centenares de otros como tú, gente normal y tranquila que va con ganas de pasar un buen fin de semana y compartir experiencias, conversaciones y anécdotas (y direcciones de correo electróico, para seguir en contacto). Y después de pasar meses preparando tu canció para el Festival, llegar al lugar del evento y ver a todos los demá grupos dispuestos a dejar el pabelló bien alto reconforta casi má que salir a cantar.

Ademá, la sensació de pertenencia a algo mayor que tu unidad o que tu grupo supone un espaldarazo para renovar el interés como scout para continuar siéndolo. Y es a lo que se aferra uno en los momentos de duda, cuando se cambia de unidad, cuando el grupo de amigos hace presió para que dejes de ser el bicho raro con pañoleta, o cuando te pretendes convencer de que tus obligaciones te impiden dedicarle má tiempo al grupo.

Es en esas ocasiones cuando rememoras las risas de las acampadas, o esos instantes únticos de un campamento de verano donde parece que no existe nada má que el cielo y las estrellas, por no hablar de ese graderío lleno de scouts que aplauden mientras tú en el escenario intentas recordar los versos de tu canció. Y ese buen sabor de boca, así como la certeza de que en esta segunda familia hay problemas, pero menos que fuera de ella, refuerzan tu dedicació, tu promesa y tus ganas de seguir adelante un paso má o los que hagan falta, antes de pasarle definitivamente el testigo a quien venga detrá y todavía no sepa qué es esto de ser scout.

ENTREGA 13: Duele mucho.

Está confirmado, amigos del Antártida: tenemos un gafe en el grupo. Hay una fuerza oscura e implacable que está haciendo que caigan, uno a uno, scouters y scouts en una espiral de enfermedades y lesiones que parece no tener fin. No importa si estamos esquiando o comiendo cacahuetes, el caso es que el único remedio que se me ocurre, aquí desde las alturas, es encerrarnos todos en casa, cerrar las persianas y quedarnos muy quietecitos para que no nos pase nada y, como dice el refrán, nos quedemos como estamos.

Ya fuera de bromas, esta situación me ha hecho pensar sobre algo que viví yo en mis propias carnes, en ese mismo verano en que entré en el grupo. Apenas unos días después de regresar de Griébal ’05, me lesioné en los ligamentos de mi rodilla izquierda, y durante un año y medio anduve de pruebas, operaciones y rehabilitaciones hasta que, al fin, pude volver a hacer una vida normal.

Supongo que lo único positivo de todo aquel proceso fue darme cuenta de que, por mucho que la juventud nos haga creer que somos invencibles, en realidad somos bastante más frágiles de lo que pensamos. El mismo médico que me operó, por ejemplo, se rompió los ligamentos cruzados cuando su pie se quedó enganchado al salir del coche. El futbolista Raúl, el del Madrid, se los destrozó en noviembre de 2005 porque la pelota se movió un centímetro más allá de donde su pierna calculaba el golpeo del balón. No hace falta algo tan aparatoso o espectacular como estrellarse o salir despedido en mitad de la nieve: una mala caída, un gesto en falso o un simple tropezón bastan para poner de relieve que estamos hechos de cristal.

Es verdad que nadie se libra de tener un accidente, pero al menos este tipo de experiencias deberían enseñarnos dos cosas: la primera de ellas, a ser algo más responsables en el futuro, y a no lanzarnos a lo loco a cualquier aventura confiados en nuestra buena estrella. La segunda, y no menos importante, es a respetar el tiempo de recuperación que se nos indique, en caso de que se produzca la lesión, sin dejarnos llevar por esa falsa sensación de salud que todos tenemos a las primeras de cambio y que, de nuevo, nos lleva a las fabulosas teorías de la invencibilidad de las que antes hablaba.

Ya no es sólo porque no podamos irnos de acampada o de salida con los scout, o porque al faltar dejemos de ver a todos nuestros amigos y nos sintamos los seres más desafortunados de la creación: en el fondo, eso es lo menos importante. Una enfermedad o una lesión mal curada son el germen de más enfermedades y lesiones, quizá más graves aún que las primeras, y nos inscriben en un círculo vicioso del que sólo se puede salir si nos dejamos de chorradas superheroicas y aceptamos sin más la simple y llana verdad de que es necesario prevenir, cuidarse y curarse durante el tiempo que haga falta.

A fin de cuentas, y como dice un amigo mío mecánico, la carrocería nos tiene que aguantar para muchas carreras, y los coches jóvenes todavía están en boxes, que es como decir en pañales.

A cuidarse, pues, y un abrazo a todos los enfermos, lesionados y malheridos.

ENTREGA 12: Perfiles (Bagheera).

Un día que volvíamos del zoo con los lobatos, a principios de octubre de 2006, comentábamos Akela y yo la ronda que nos esperaba por delante. Debido a diversas circunstancias, estábamos los dos solos con la manada, y eso había despertado la preocupación de los padres, que tanto en la asamblea como en privado nos habían comentado que veinte lobatos podían ser demasiado para nosotros.

Yo compartía esa preocupación, aunque solo fuera en parte. Akela, como siempre, me decía que era un paranoico y que el tiempo me iba a demostrar que andaba equivocado. Ella, como siempre, le ponía una sonrisa a todo, y tiraba para adelante sin darle más vueltas al asunto.

Y ahí quedó el tema, hibernando, hasta que un sábado de febrero del 2007 apareció un personaje a saludar a sus antiguos compañeros de grupo. Y como en ese momento las demás unidades no estaban en el local, al bueno de Mario le tocó quedarse a hacerle compañía a la manada.

Recuerdo que me pasé toda la reunión dándole codazos a Akela, para ver si se daba por aludida. En vez de eso, ella me devolvía los codazos uno a uno, y con lo que es Akela, aquella noche volví a casa como si me hubieran dado tres palizas. Tuve que hacer uso del teléfono y explicarle el plan de captación de Mario para la manada, y resultó que ella también había pensado lo mismo nada más verlo.

A ambos nos pareció que Mario llegaba en el mejor momento, y que además era un excelente candidato. Conocía el grupo, había formado parte de él como esculta y teníamos referencias muy buenas tanto de su forma de ser como de su actitud. Él parecía predispuesto a quedarse, a intentar aquella aventura de ser scouter, de tal forma que hablamos con Carlos y nos pusimos todos manos a la obra.

El resto es historia, una que comienza en el interlobatos con toda la manada echándose encima del nuevo Bagheera (sé que a Rulos le mata tener semejante heredero en la manada, pero qué le vamos a hacer…), y que continúa hoy con este criaturo famoso por su pelo (no diré el material, que luego la gente no entiende lo del poliéster), sus barbas ocasionales y su tendencia a partirse de risa cuando Jorge pronuncia su nombre por lo bajini.

Lo que hace que Mario sea un monitor ideal para la manada, aparte de un corazón que es más grande que él, es esa combinación de ganas de pasárselo como un chaval y la capacidad de adaptarse a cualquier tipo de lobato. De una forma casi instintiva los niños tienden a confiar en él, aunque no tengan más referencia que su sonrisa bonachona, y le cuentan esto y lo de más allá como si le conocieran de toda la vida.

A todo ello suma la mejor de las actitudes para acometer cualquier empresa, por pesada o compleja que pueda resultar. Es paciente y siempre intenta conciliar, lo que le convierte en un árbitro ideal para disputas en la selva, y además es divertido, ingenioso, jovial y bromista, lo que asegura a los lobatos risas y multitud de anécdotas en cada reunión, salida o acampada.

Los seis meses que pasé junto a él en manada fueron realmente divertidos, quizá porque ambos compartimos un sentido del humor parecido, pero además me permitieron descubrir la nobleza, bondad y generosidad de este scouter. Es una persona en la que se puede confiar, como bien aprecian los chavales desde el primer momento, y un buen amigo cuando hace falta. Y sus excentricidades, además de darle personalidad, no hacen sino reforzar estos valores que me parecen imprescindibles y que hacen de él un buen ejemplo para los niños.

Akela siempre se encargaba de ponerlo en cintura el año pasado, recordándole que a pesar de su experiencia como scout aún le quedaba mucho camino por delante como scouter, y que tenía que aprender a serenarse y a ser menos impulsivo (le pueden las ganas de probarse, lo suyo es puro desafío). Sin embargo, lo cierto es que yo siempre he estado bastante tranquilo al respecto, porque sé que ese camino lo está haciendo esta ronda al lado de gente experimentada, humilde y con ganas de enseñarle todo lo que haga falta. Son buenos árboles, buena sombra bajo la que cobijarse, y a él aptitudes no le faltan.

Me dicen que este año sigue haciendo de las suyas, y que despierta tantas carcajadas o más que el anterior. Sé, además, que hay una nueva serpiente y un nuevo oso a su lado, y que entre todos hacen buenos mimbres para convertirse en los mejores viejos lobos que ha conocido la selva. Estoy seguro de que así será.

Ya para terminar, supongo que cada uno tendrá su buen recuerdo con él, pero yo me quedo con ese último día que le vi, en las pasadas Navidades, cuando contaba un cuento con papiroflexia en la caseta scout de Juvenalia. Y al verlo ahí, tan serio y concentrado en su narración, delante de todo el mundo, me acordé del chico tímido que asomó la cabeza aquel día por la puerta del local, y dijo: Hola, soy Mario, ¿se puede?

ENTREGA 11: De ciclos y renovaciones.

- Echo de menos a Burbuja, a Rubén, a Kaban, a Charly, a Juanlu… ¿Dónde están? ¿Por qué se fueron?

A ver cómo se responde a eso. A ver cómo le dices a este lobato que va a dejar de serlo en unos días que no hay una respuesta sencilla para esa pregunta, y que si la hubiera posiblemente él no la entendería del todo.

Dile que en el mundo existen los trabajos y las obligaciones, que se imponen a los deseos mucho más de lo que a todos nos gustaría. Dile que, como ocurre en el ciclo de cualquier scouter, a veces llega un momento en que tienes que decir adiós a muchas de aquellas personas y actividades que durante tanto tiempo han hecho tu vida más rica, divertida y emocionante. Explícale, y que lo entienda, que nadie tiene la culpa de ese adiós o ese hasta luego, que es un fenómeno tan natural e inevitable como aquel ciclo de la vida que nos vendía Disney de manos de un león recién nacido.

- Es que no es igual ahora que no están ellos.

Claro que no, claro que no es igual, ni puede ni debe serlo. Pero que no sea igual no quiere decir que sea peor. Sólo es diferente. El problema es que adaptarse al cambio, aceptar la ausencia de lo conocido y la presencia de lo nuevo es complicado, requiere tiempo, paciencia y esfuerzo, y no siempre da los resultados que todos queremos. Es natural extrañar a gente con la que has convivido desde que puedes recordar, es normal echar de menos a los que dejaron paso a otros más jóvenes, con otras ilusiones, con otros proyectos y otras virtudes.

Pero por suerte nadie es insustituible ni irremplazable. Ninguno de nosotros hace con su sola presencia que el grupo se mantenga en pie (lo contrario sería terrible, imagina el día que faltara esa persona necesaria).

Es una buena señal que las generaciones de scouters y de chavales den paso a otras nuevas que traigan nuevas bromas y apodos, nuevos chistes y anécdotas, nuevas caras de sorpresa ante su primer campamento de verano, o la expectación de la noche de su promesa, e incluso las lágrimas de su primer pase de unidad. Es bueno, sano y necesario que se dé ese cambio de ciclo, esa renovación, porque eso nos permite a todos crecer, a los que se van porque pueden explorar otros mundos más grandes, y a los que llegan porque pueden explorar todo lo bueno que hay en este.

Pero eso sí, hay algo que siempre alivia y siempre reconforta en todo esto, además del buen recuerdo que queda, y es el hecho de que todos los ciclos y todas las renovaciones tienen, dentro de lo complejas o duras que pueden llegar a ser, un cierto orden, una cierta lógica o un cierto sentido. Hay edades clave, hay momentos más adecuados, más esperables, más “naturales” que otros, para asumir ese cambio.

Por eso ahora dime tú, pequeñajo, cómo se supone que tengo que aceptar que te vayas tú del grupo. Dime si es fácil que deje de celebrar tus cumpleaños en el campamento de verano y me tenga que subir a lo alto de la montaña para que tus padres te puedan felicitar. Dime tú a quién miro yo ahora en las formaciones cuando el zorro deje en su cajón más de diez prendas con tus iniciales, o de quién tiro yo en las marchas mientras se queja de lo durísimo que es tener diez años. De quién recojo yo ahora la camisa porque se le cayó al fondo de una poza helada, y a quién le regaño yo ahora por todo eso y más.

Porque puedo aceptar que me venga uno de los mayores, que me justifique, que me diga que tiene otros horizontes, otras actividades que quiere hacer, a las que quiere dedicar su tiempo y sus ganas. Puedo aceptar que un scouter me razone que ya lleva muchos años en esto, que quiere cambiar de aires, probar cosas nuevas, cambiar de ciclo porque ha llegado el momento en que tiene que crecer y aquí ya no puede, o no debe.

Puedo aceptar la marcha de ciertas personas, a las que por supuesto echo de menos y de las que guardo un recuerdo inmejorable, porque de alguna manera entiendo que su marcha formaba parte del fin de un ciclo, de la necesidad de un cambio, de la oportunidad para la renovación.

Pero no me pidas que te acepte tu marcha, renacuajo, porque no pienso hacerlo, porque no quiero hacerlo, y sobre todo, porque no debo hacerlo.

Y me consta que no soy el único.

ENTREGA 10: Perfiles de scouters: Almudena.

Se podía sentir el calor, a pesar de la sombra bajo la que estábamos todos, refugiados y hambrientos. La temperatura superaba los cuarenta grados con creces, no había una sola nube en el cielo y a las dos de la tarde Jarandilla era, literalmente, una sauna.

Yo estaba derrumbado, después de una gymkhana acuática en la que los lobatos habían dado rienda suelta a toda su energía, algo que a mí, a esas alturas del campamento, no me sobraba, precisamente. Pero no era sólo mi caso: la sed y el cansancio se podían notar en todos y cada uno de los scouts y scouters que me rodeaban.

Y entonces, como por arte de magia, todas las miradas se volvieron al fondo del porche, a una música que acababa de aparecer de la nada. Ahí estaba Almudena, guitarra en mano y a viva voz, cantando con el coro de los castores de fondo. Yo no sé de dónde sacaba energías para semejante hazaña, porque creo que más de uno y más de dos habrían sucumbido al primer verso, pero ahí la tenías a ella, pendiente de que sus chavales no perdieran el ritmo y acompañaran con palmas, y todo.

Fue un efecto dominó: en cuestión de un par de minutos tenías a todos igual de cansados, pero con otro aire, con otro espíritu, con un ánimo bien diferente para afrontar el segundo tramo del día. Aquella canción salida del puro agotamiento acababa de elevar la moral del grupo casi tanto como el anuncio de la cocinera de que por fin la mesa estaba servida. Y mientras tratábamos de organizar a la marabunta para que fuera menos marabunta una vez que entrase en el comedor, me di cuenta de que entre unas cosas y otras el momento de desolación anterior se había desvanecido.

Ha habido otros momentos parecidos a este, en los que Almudena ha echado mano de repertorio para animar una velada, una sobremesa o un tiempo libre, aunque supongo que este es el que mejor recuerdo, quizá por lo extremo de la situación y el balsámico efecto que tuvo sobre todos nosotros.

No es precisamente una cualidad que abunde en el mundo, el talento para la música, y es evidente que Almudena sabe sacar buen provecho de ello. Ese uso generoso e inteligente, hace a su vez que todo el grupo se beneficie, y hay quien dice en esos cursos básicos que un grupo scout sin música es un grupo sin alma. Algo de razón tiene, creo yo.

Pero además de guitarras y canciones, esta scouter suma al casillero de puntos del Kraal una experiencia que sólo unos pocos pueden aportar, porque ha pasado toda su vida en tiendas, montes y ríos (de acampadas, vaya), y se desenvuelve en ese ámbito con una soltura que yo, en mi primer campamento con el grupo, simplemente admiraba.

Almudena no es una scouter que se ande con complicaciones. Su trato con los chavales es directo y muy efectivo, sacando partido de aquellos casos que pueden presentar el más mínimo conflicto, y aprovechando las cualidades de aquellos otros que se presten a ello. Por si eso fuera poco hace del orden máxima y virtud, al tiempo que intenta inculcárnosla a todos los demás.

Para mí algo bastante reseñable de su carácter, fuerte y ganador, es que sabe afrontar con entereza los distintos retos que se le van planteando, intentando aprender de todo y creciendo continuamente. Es muy diferente la scouter que entró en 2005-2006 a formar parte del Kraal, con aquella unidad de castores que hacía temblar los cimientos del local en cada reunión, que la que ahora trabaja en esculta.

Un último recuerdo, para terminar: el verano pasado, tras la actividad en que los scouter trabajamos con unidades diferentes, mis lobatos tuvieron la oportunidad de ver a Almudena y a Jorge en acción durante todo un día. Y al término de la jornada, me venían emocionados, contándome la cantidad de actividades que habían hecho con ellos. Sorprendí incluso a una peinándose discretamente como Almudena, y me eché a reír.

Qué suerte tienen, estos pequeñajos, de tener alguien cerca como estos monitores, que saben estar en su lugar, que son firmes cuando hay que serlo, que animan cuando decae el espíritu, allí donde el grupo les necesita y dispuestos siempre a dar un paso al frente. Pero, sobre todo, que están dispuestos a ser un modelo positivo y a asumir esa responsabilidad.

Es algo que no se paga con dinero, y precisamente por eso es tan importante que gente tan llena de talentos elija el camino scout.

ENTREGA 9: Escultismo a la americana.

Hace unos días, explorando la ciudad de Chicago con unos amigos nos topamos con una tienda de antigüedades scout. Era un sitio sombrío y tenebroso, totalmente recomendable para ambientar historias de terror, y regentado por un hombre mayor, de enorme sonrisa y cintura más grande que el espacio del mostrador que quedaba entre la caja registradora y las estanterías de la pared.

Estuve curioseando el material de la tienda, en especial el apartado de camisas antiguas, que contiene algunas joyas realmente interesantes (algo roídas, todo hay que decirlo, pero joyas, al fin y al cabo). Luego mis amigos entablaron conversación con el hombre, que nos dijo que había sido scout toda su vida, desde los siete años hasta los 57 que decía tener (para mí que equivocó el orden de los números, pero bueno).

Le comenté que yo era scouter en España y al instante comenzó a hacerme preguntas de cómo organizábamos allí las cosas. Tras satisfacer su curiosidad, sacó pecho de donde antes sólo había barriga, y comenzó a mostrarme fotografías de un álbum, insignias y libros donde se hablaba del escultismo de verdad. Es decir, a la americana.

Vamos por orden, y así no nos perdemos:

- Los castores, para empezar, aquí no existen. Admiten a los chavales a partir de los 7 años, en la unidad de Manada, en la que están hasta los 10 (“Cub scouts” los llaman ahí, “Lobatos exploradores”, literalmente). /p>

Luego, a partir de Manada empieza el lío, porque ingresan en una macrounidad genérica llamada Exploradores (“Scouts”, es la traducción) que se divide, a su vez, en tres ramas:

1.- Boy Scouts /Girl Scouts (11-17 años) (Y es que aquí no hay mezcla en las unidades: hay grupos scout sólo de Chicos Exploradores y otros grupos sólo de Chicas Exploradoras. Conclusión: sus San Jorges tienen que ser un peñazo). Es la unidad básica, la que todos conocemos y que sigue, más o menos, los ritos y tradiciones de España (aquí la uniformidad es mucho más estricta, eso sí.)

2.- Varsity Scouts (Equipo de exploradores de élite: 14-17 años). Otra curiosidad: es una especie de unidad de “los mejores”, que funciona como una patrulla normal pero realiza actividades distintas dentro del grupo: escalada de alto riesgo, rafting avanzado, paracaidismo, supervivencia semi-profesional, servicios sociales comunitarios, etc… “Para gente con agallas y emociones fuertes”, según mi obeso interlocutor.

3.- Venturers (Aventureros: 14-19 años). Esta rama engloba una edad más amplia y tiene también en las actividades deportivas y sociales su base. El interés aquí está en que suelen acceder a ella sólo aquellos miembros interesados en llegar a ser scouters del grupo, y por ello su programa incluye una formación especial en actividades de liderazgo, programación de actividades, psicología, etc…

Después de decirme esto, el buen hombre me contó algunas aventurillas que me recordaron a Indiana Jones y la última cruzada (así es, amigos, Indy era scout), y luego nos intentó vender unas insignias que tenían bastante más roña que historia. Menos mal que en ese momento entró un amiguete suyo y se pusieron a contarse batallitas, porque así pudimos escaparnos discretamente y tomar algo de aire fresco, que falta nos hacía.

Mientras regresábamos a la residencia, pensaba yo si ese modelo que me había comentado este hombre tendría validez en España. La idea de tener chavales en formación como scouters no parece descabellada, todo lo contrario, aunque me temo que aquí sólo a partir de cierta edad uno se plantea ser scouter, y no es, desde luego, a los 14 años. Además, esa formación aquí nos la da ASDE, que tendrá todos los defectos que se quiera, pero desde luego están más preparados a nivel teórico que nosotros (pues en definitiva, un scouter se forma, poco a poco, en esos cursos de ASDE, con la experiencia de las rondas y los consejos de otros scouters más antiguos).

Lo del grupo de elite creo que levantaría bastantes ampollas aquí. Para empezar, ¿qué criterio de selección se sigue para elegir a los miembros de ese selecto club? ¿Los más guapos, los más listos, o los más fuertes? ¿No despertarán envidia sus súper actividades comparadas con las del resto de unidades?

No, no me termina de convencer, por mucho que pueda dar mucho de sí una unidad con chavales que desean hacer actividades con un nivel más alto que la media (sé que Danilo y compañía se estarán limpiando las babas en este momento, pero qué le vamos a hacer). No creo, en cualquier caso, que fuera una buena idea a nivel pedagógico.

Y en cuanto a ese cajón de sastre que es Exploradores, qué decir. Imagínate en la misma patrulla a un tropebato de once años (tropero de primer año), a un escultero de quince (tropero con cuerpo de esculta, cabeza de esculta y mentalidad de esculta), a un esculta de diecisiete y no metemos ya a los rover en servicio de puro milagro. De locos.

Con lo claro, sencillo y diáfano tal y como está en España, con una clasificación por edades mucho más lógica y práctica, lo milagroso es que aquí en Estados Unidos un grupo con una mezcla tan heterogénea de elementos consiga funcionar (porque puede darse el caso de un grupo con tres patrullas, una de cada tipo: imagínate las broncas entre ellos). Lo siento, pero me quedo con el Antártida.

Eso sí, cuando Danilo tenga su tienda de antiguallas scout en la plaza de Colmenar Viejo no podrá contar batallitas como las de este hombre porque no formó parte del grupo de la elite super chachi. No tendrá la pechera plagada de insignias que no sirven para nada, y por fortuna, no tendrá tampoco ese orgullo desmedido de que su escultismo a la americana es lo mejor del mundo mundial y parte del extranjero.Pero habrá sido, y será, un scout mucho más sereno, con los pies en la tierra y con la cabeza mejor amueblada, qué duda cabe. Y no hablemos del corazón, porque entonces ya...


Enlaces scouts recomendados:

scouting.org

girl scouts español

ENTREGA 8: Perfiles, Arcoiris.

Una vez en un básico estaba yo de charla con unos scouters hablando acerca de por qué estaban ellos en un grupo scout. Algunos me comentaban que estaban allí porque creían en el proyecto pedagógico, otros porque habían sido scouts toda su vida y veían su etapa de scouter como el colofón a toda una forma de vida y de ocio alternativa, y también había quien reconocía que estaba allí simple y llanamente para pasárselo bien y tratar de que los demás a su alrededor también se lo pasaran en grande.

Me parecieron buenas, válidas y respetables, todas aquellas propuestas. Hay quien dirá que la última parece poco profesional, comparada con las otras dos (a ese alguien le objetaría yo que esto no es una profesión, precisamente, pero bueno…). Digo que me parecieron buenas porque si hubiera un poco de cada una en un Kraal, si hubiera gente motivada por el factor educativo, otros por el apego afectivo al grupo y otros por pasárselo bien, entonces todo sería fantástico y maravilloso. Hay que darse cuenta de que las tres son compatibles incluso en la misma persona (no estoy sugiriendo que a cada cual le corresponda un scouter en concreto ni mucho menos), lo cual hace que sean razones, como digo, buenas, válidas y respetables.

Un grupo scout, como yo mismo he podido comprobar, es también un lugar donde no sólo se está por tradición, sino que siempre está abierto a que nuevos chavales y monitores engrosen sus filas y contribuyan a que todo funcione. Con los chavales pasa continuamente, que entran y salen salvo un bloque fijo que se va consolidando con el tiempo. Con los monitores es más complicado (conforme nos hacemos mayores es más difícil captarnos, qué le vamos a hacer).

Sin embargo, alguien como yo o como Arcoiris sí lo hicimos, y a una edad ya casi respetable, en términos relativos. Fijaos que he dicho Arcoiris y no Fernando, porque casi desde el mismo momento en que entró en el grupo le bautizaron con ese nombre. Un nombre que, desde luego es el último con el que se podría asociar a este muchacho alto, de espaldas anchas y sonrisa igualmente kilométrica, que lleva tanto tiempo en el grupo que se ha convertido en uno de los más veteranos, junto a Carlos. Y ya nadie le llama Fernando. Le llaman Arco, Arcoway o Arcoiris, a secas. Y así se ha quedado.

Siempre me ha parecido un tipo curioso, Arcoiris. Es una persona de carácter y muy noble, algo por otra parte común al 99% de los colmenareños de pura cepa, que siempre tiene un chiste en la recámara y una anécdota para ocasiones de emergencia. Ha pasado por casi todas las unidades, de modo que los chavales lo consideran como su monitor independientemente de la unidad en la que se encuentren (algo que, visto así, se antoja una condición envidiable).

Por otra parte, el llevar tanto tiempo en el Antártida tiene que dar una visión distinta de las cosas, como con más distancia y con una perspectiva mayor, pues no olvidemos que Arco ha visto pasar hasta tres generaciones de scouters (aquella que le recibió, aquella con la que se fogueó y esta última, a la que apadrina).

Paradójicamente, en la imagen que siempre tengo de Arcoiris en mente, Arco no aparece por ningún lado. Ocurrió en el pasado campamento de verano, cuando se fue tras la primera semana, y todos nos sentíamos medio huérfanos a la hora de la cena, que es cuando más se escuchaba ese chorro que tiene por voz. Se echaba mucho de menos esa capacidad que tiene para esparcir buen rollo a su alrededor, para soltar ráfagas de bromas y llevarnos a su terreno hasta que terminamos todos por los suelos, colorados como se pone él cuando le dan los ataques de risa.

Y es que, en definitiva, Arcoiris siempre ha participado del escultismo en su variante más lúdica, humorística y desenfadada, contagiándola a todo el que le rodea y haciendo que esas salidas, marchas o acampadas tengan un mejor sabor de boca.

Y ésa es una opción tan buena, válida y respetable, que francamente, no creo que nadie me pueda jamás convencer de lo contrario.

ENTREGA 7: Una mirada al pasado.

Era una mañana gris de noviembre de 2005. La Pedriza no olía a jara y a tomillo a aquella hora debido a la humedad y a las lluvias de días anteriores, que habían sepultado cualquier rastro de olor. Oscuros nubarrones cubrían el cielo, dando un aspecto aún más solemne a aquellas montañas, en las que nos habíamos detenido tras perdernos, como era costumbre en la manada, en aquella salida al campo de principios de ronda.

Baloo devoraba un enorme bocadillo de tortilla de patatas, mientras Akela se hacía un mega-mix con todo lo que su santa madre le había metido en la tartera. Jakala andaba perdida en busca de algún lugar donde poder responder a la llamada de la naturaleza, y yo andaba peleado con mi lata de sardinas, que no había forma de abrir. Al mismo tiempo andaba con la mosca detrás de la oreja, porque había un lobato no paraba quieto y ya me temía que terminase donde no debía. Otro me había puesto la cabeza como un baúl con sus cánticos, unidos a los de un tal Enrique que acababa de entrar en el grupo (apuntad, mitómanos: la leyenda de Quiquis comienza aquí). Y por si fuera poco teníamos encima aquellas nubes, que amenazaban con descargar todo su acuático potencial sobre nosotros.

- No te me pongas nervioso, Kaa –me decía Baloo, siempre con ese aire de calma y paz absoluta con que decía cada palabra-. Que es tu primera excursión de manada, no una misión de los marines.

Podía no serlo, pero yo me sentía igual. Aquel lugar estaba lleno de zonas escarpadas y pedregosas, ideales para que nuestros lobatos, propensos a todo tipo de saltos acrobáticos en los lugares menos debidos, comenzaran una vertiginosa carrera por ver quién se hacía más esguinces. Ahora estaban comiendo tranquilos, en teoría, pero quien haya pasado más de diez minutos con un lobato sabe que las máximas de Baloo habría que reformularlas de la siguiente manera:

1.- El lobato no descansa ni de día ni de noche, para desgracia del scouter.
2.- El lobato no es limpio y ordenado, nos pongamos como nos pongamos.
3.- El lobato dice la verdad siempre y cuando eso no implique un perjuicio contra su persona o salud, o la de sus compañeros (es decir, siempre).
4.- El lobato respeta la naturaleza cuando ésta mide dos metros y se llama oso.
5.- El lobato obedece al viejo lobo a través del razonamiento adversativo (es decir: sí, vale, vale, pero yo lo hago a mi manera, que ya verás cómo mola…)
6.- A pesar de todo lo dicho, el lobato es tan condenadamente entrañable que no te puedes enfadar con él, nos pongamos como nos pongamos.

Aquella tarde habíamos tenido de todo: lobatos que se dedicaban a degustar los frutos silvestres, lobatos que habían arrollado a los pacíficos senderistas (el camino a Cantocochino, nombre lleno de glamour donde los haya, es extremadamente estrecho), lobatos que habían intentado comprobar la viabilidad de las leyes de Newton en sus propias carnes (y en la de otros lobatos, claro está), lobatos que se quejaban amargamente de increíbles y tortuosas lesiones que los viejos lobos, por más que mirábamos, no veíamos por ningún lado, etc…

Y sin embargo, y aun a pesar de nuestra enésima confusión de ruta, todo marchaba “bien”.

- Esto es así, Kaa –me decía Baloo, dándole otro bocado tiburonesco al chicharrillo-. Te los llevas de marcha, hacen un poco el ganso y tal, y vuelven a casa llenos de polvo, barro y hojas, pero más felices que unas castañuelas.

- Claro, y las madres luego a fregar el polvo, el barro y las hojas, ¿no? –dijo Jakala, ya de nuevo entre nosotros.

- Ah, pues mira tú, que los hubieran apuntado a violín, o a ballet –protestó el oso dichoso–. Te aseguro que esos, barro, lo que se dice barro, poco se llevarán.

- Vamos, me apunta a mí my mother a ballet y le pongo el tutú de gorro –dijo Akela, echándose a reír como una descosida-. Ja, ja, ja…

Y en esas estaban cuando de pronto me giré y vi a un lobato, cuyo nombre mantendremos en el anonimato por su propia seguridad, que estaba comiendo encima de una roca enorme. Tenía medio cuerpo apoyado en ella, y el resto en el aire, de suerte que con la enésima carcajada ante los nuevos versos de Iquis, comenzó a tambalearse peligrosamente hacia el lado que no debía.

Todo sucedió en apenas un instante. Dejé las sardinas flotando en el aire, mientras echaba a correr a toda velocidad hasta la roca. Las leyes de Newton se disponían a demostrar, una vez más, que lo de la manzana iba más que en serio, cuando logré atrapar al lobato volador y lo coloqué en el suelo, con suma delicadeza. Este, con esos ojillos curiosos que tienen todos los cachorros de la manada, me miró y dijo:

- ¿Quieres que te dé un poco de mi bocata?

Yo le dije que sí, que me encantaba la nocilla y que por eso venía corriendo como si me persiguiera el inspector de hacienda con un cuchillo en la mano y mi declaración fiscal en la otra. Después de tragarme aquello como pude (mira que es empalagosa, la dichosa nocilla) me di la vuelta, ya con el pulso y el corazón en su sitio, y me volví a sentar, comprobando, con horror, que mis sardinas habían decidido fundirse con la tierra y ya nunca volvería a verlas con aceite.

- Pues eso, Kaa, que como te iba diciendo, hoy está saliendo todo bien, ¿no te parece?



ENTREGA 6: Perfiles: Aida.

Siempre que recordamos a una persona, y en especial a un buen amigo, nos vienen a la memoria multitud de anécdotas compartidas. Y si encima a esos recuerdos les acompaña una sonrisa, entonces buena señal, porque es la prueba definitiva de que las anécdotas son de las que apetece recordar una y otra vez.

Cada vez que alguien menciona el nombre de Aída, la excelentísima coordinadora de tropa y webmaster, para más señas, yo siempre tengo ahí almacenado, como primer recuerdo, esa imagen de Castelfiabib en que la tropa jugaba con Jorge y Bagheera a la cuerda giratoria y ella, sentada en una silla, observaba la escena en silencio. En cuestión de minutos, y uno a uno, fueron sentándose a su alrededor castores, lobatos, troperos agotados y algún que otro esculta. Y ahí los tenías a todos, bien pendientes de cómo la tropa saltaba por los aires, en torno a esa monitora que, sin hacer ruido, discreta y laboriosa, se ha ganado a pulso el cariño de todos los chavales.

Podemos hacer una encuesta aquí en un momento, y seguro que sacamos dos virtudes de Aída que arrasan por mayoría: bondad y paciencia. No hay más que ver cómo se desenvuelve con todo el grupo para apreciarlo, y cómo afronta siempre las dificultades que se le vienen encima. Da la sensación de que Aída siempre sabe estar en el sitio que le corresponde, y eso es decir mucho.

Yo a esas dos virtudes aún añadiría una tercera: estoicismo (o resignación cristiana, si lo prefieren), porque creo que jamás la he escuchado protestando, quejándose o lamentándose por nada: si el problema tiene solución, a por él; si no la tiene, pasemos al siguiente problema. Y así, ronda a ronda, se va haciendo hueco en un Kraal que siempre que le toma el pelo lo hace con cariño, y que toma muy, muy en cuenta todo lo que dice en los consejos. El punto de madurez, sensatez y coherencia que nos aporta a todos nos es tan necesario como las carcajadas que motiva entre sus amigos.

El año pasado pude comprobar su forma de trabajar con la actividad que nos llevó a cambiar de compañero y unidad, donde nos las tuvimos que ver con los castorcillos. (Y ahí que íbamos Golosina y Confeti a arrasar con el maravilloso mundo del circo.) Lo mejor de aquella experiencia fue comprobar el modo tan práctico en que programa, dejándose de esas ideas fabulosas que a mí me nublan la vista y bajándome al suelo de la prosaica realidad.

Del trabajo con los chavales casi mejor no digo nada, porque sobran comentarios. Y es que ellos, claro está, se dan cuenta de este tipo de cosas. Saben cuándo un scouter se preocupa por ellos, cuándo está pendiente y cuándo está ahí siempre que sea necesario un hombro en el que apoyarse. Y, sobre todo, aprecian al scouter que sabe guardar bien la distancia, dejándoles su espacio necesario para seguir creciendo y aprendiendo.

Por eso cuando pienso en esa escena que comentaba al principio, y veo a Aída, convertida en el núcleo de aquel silencioso y cómplice grupo, no puedo dejar de pensar que es una suerte contar con alguien como ella entre nosotros. Y como encima de todo eso es una de las personas más humildes que conozco, seguro que ahora estará abochornada y con ganas de zarandearme por decir tales barrabasadas de ella.

Pero qué quieren que yo le haga, es lo que opino y, además, estando a siete mil kilómetros, comprenderán que no tenga el más mínimo temor a sus furibundas represalias. Al menos hasta el campamento de verano, claro.

Pero de eso ya hablamos otro día, que si no…

ENTREGA 5: Un reencuentro fugaz.

Tenían todos buen aspecto: es la sensación con la que me fui el pasado domingo. Scouters y chavales estaban sanos, alegres y, por supuesto, cansados después de su acampada de Navidad (mención especial a las ojeras de los scouter, que venían destrozados), pero con buen aspecto, que es lo importante.

Se me hizo extraño estar de nuevo en esa explanada de Las Vegas, donde tantas salidas y llegadas realiza el grupo, con esa típica confusión que siempre sucede a una acampada en la que, sin darte cuenta, padres y chavales van y vienen en un caos entrañable.

Eché a muy pocos en falta, quizá porque con saludar a todos los que había tuve ya para un buen rato: allí estaba la esculta, saludando en unidad (faltaría más), vi a algunos troperos, a casi todos los lobatos, a algún que otro castor perdido, y cada vez que me detenía en cada uno pensaba que estaba bien, que estaba en plena forma, que tenía un aspecto inmejorable.

Luego me he enterado de que algunos han hecho la promesa y que para otros, los nuevos, era ya su segunda acampada. Enhorabuena, pues, a los primeros, y bienvenidos a esos segundos que espero que nos acompañen en muchas más.

Qué pena no haber podido estar allí con todo el grupo. La acampada de Navidad siempre ha sido especial para mí, quizá porque es la primera a la que acudí ya como scouter, participando en la programación y sintiendo esa responsabilidad. Y aunque se me hace siempre corta (dos días me saben a poco, se ponga como se ponga Papá Noel), quizá precisamente por eso es de las que más disfruto.

Me dicen que esta ha salido fenomenal, que los chavales han disfrutado, como siempre, y que se van a esperar a los Reyes Magos con ganas también de reiniciar la ronda tras el parón invernal. Seguro que con los turrones y las uvas la espera resulta mucho más llevadera, qué duda cabe.

Espero poder verles de nuevo, aunque me temo que para eso habrá que esperar ya al verano. Mientras tanto aquí seguiremos, contando nuestros cuentos desde las alturas, hasta que llegue ese día de julio (madre mía, no queda, ni nada), en que pueda volver a ver todas esas caras tan familiares, queridas y añoradas.

¡Feliz 2008 a todos!

Rann

ENTREGA 4: Perfiles: Akela.

- ¡¡¡¡RING RING!!!! Buenos días, soy tu despertador. En este momento me odias, pero me da igual, porque hoy hace un día magnífico para despertarse. ¡Vamos todo el mundo en pie que no se quede nadie en los sacos porque salgo a cojerlo y lo saco por los pies, si hace falta! ¡¡¡¡RING, RING!!!!

La primera vez que escuché este agradable despertar en labios de Akela fue en Jarandilla, en el verano de 2006. Estábamos ella y yo una mañana, esperando a que todo el mundo se levantara, y al final Akela decidió coger el toro por los cuernos, como siempre. Y madre mía si se levantaron: no quedó ni uno en pie.

Siempre he pensado, desde que la conozco, que hay una parte de ser Akela que tiene que ser especialmente complicado para Yolanda. Esa actitud de constante disciplina, orden y firmeza sin fisuras que tan geniales resultados da en la manada, tiene, creo yo, un punto por donde la scouter tiene que sufrir un poco, (aunque ella le ponga una sonrisa y diga que no pasa nada a quien se lo recuerda).

Me refiero a que para los chavales, especialmente para esos lobatos ansiosos de trepar por encima de sus scouter como si fueran montañas rusas, tener a alguien como Akela enfrente tiene que impactar, a esos ocho cándidos años con que se entra en la selva. Uno la ve siempre tan firme y tan seria, tan atenta a todo lo que se mueve (que no se le escapa una sola, que os lo digan los lobatos), que debe costar acercarse a ella, creo yo. Debe costar darse cuenta de que en el fondo Akela es el papel que le toca representar (no digo que lo haga obligada, ni mucho menos: simplemente siente que es lo que toca, y lo hace con la mayor entrega).

Ahora bien: qué gran peligro el de que en una unidad haya esas clásicas figuras del cine americano, el poli malo y el poli bueno. Qué peligro que los chavales te adjudiquen una de esas etiquetas, sea la que sea, porque entonces tenemos un problema de los gordos. (Y contrariamente a lo que muchos scouter que empiezan en esto se creen, es casi peor ser el bueno, te toman el pelo como quieren y llega un punto en que es muy difícil recuperar la credibilidad).

Akela nunca ha perdido esa credibilidad. Quizá por eso los castores, los troperos y hasta los escultas se echan a un lado cuando ven que llega (tampoco es que se cuadren, no hay que exagerar), pero sí es cierto que la escuchan y la respetan mucho.

Seguramente ayuda el hecho de ser una de las veteranas del grupo, el haber tenido a muchos de los chavales que ahora están en las unidades superiores, o a su particular forma de desenvolverse en reuniones, salidas y acampadas (véase el famoso megáfono, por poner un ejemplo), lo que la hace peculiar y diferente a muchas monitoras que he conocido. Y qué duda cabe que ser colmenareña de pura cepa también hace lo suyo cuando hay que tratar con un scout colmenareño. Es una cuestión de psicología local, qué le vamos a hacer.

De todas formas yo creo, ahora que no nos oye, que con el tiempo Yolanda es menos Akela y más Yolanda. Me explico: el que la viera en la entrega de promesas, llorando a moco tendido con su ahijada de sus mil amores, o en el día de pases, llorando a lágrima viva por esos lobatos que ya eran casi troperos desde hace mucho, pero que ella los vio llegar a la selva cuando apenas habían empezado a caminar, apenas reconocería a la misma monitora de otras rondas.

Es posible que esto mismo haga que ahora Akela sea una monitora más completa, ahora que la coraza es menos coraza y deja ver un poco más de Yolanda. Eso sí, los galones de mando no se los quita nadie, y bien firmes que desfilan los lobatos. Y bien que la quieren, porque si una cosa tienen los chavales es que, con el tiempo, entran en el juego y entienden que aquí todos tenemos que cumplir con nuestro papel. Akela eso lo hace fenomenal, como siempre, y por eso es un modelo excelente tanto para scouts como para scouters.

Dicen los vientos de la selva, eso sí, que ya la vieja y sabia Akela tiene reúma tras las acampadas, que las cacerías ya no las sigue con la misma ligereza de antes y que las rondas solares van pesando cada vez más. Dicen esos mismos vientos que otros lobos se preparan para dirigir en el futuro los Consejos de Roca, y que es el momento de mirar y aprender lo que se pueda, mientras se pueda, mientras ella nos deje y nos siga dando los buenos días.

Que a fin de cuentas un madrugón no le hace daño a nadie. Y mucho menos si te amenaza Akela, megáfono en mano. ¿No me creen? Pues pregúntenle a los chavales, ya verán, ya…

ENTREGA 3: Medallitas.

El otro día, caminando por el lago Michigan, me topé con una patrulla (de troperos, supuse, a juzgar por su estatura), que caminaban muy uniformados y erguidos al paso firme que marcaba su scouter, un señor que podría ser mi abuelo pero que tenía más marcha que la tropa entera junta.

Aparte de su perfecta uniformidad me llamó la atención la cantidad de metal e insignias que acumulaba aquella panda en su pechera. De hecho, eran tantas que no dejaban espacio para la pañoleta. Aquello me recordaba un poco, en el fondo, a los pilotos de Fórmula 1, que llevan tanta publicidad que se han convertido ellos mismos en un anuncio.

Ya en casa, y picado por la curiosidad, me dediqué a investigar un poco en busca de escultismo made in America. En cuestión de minutos me encontré con sorpresas de todo tipo (visita recomendada, por cierto, a http://www.scout.org/es), como por ejemplo una página, de la que no diré el nombre por aquello de no hacer publicidad, que estaba repleta de reliquias del escultismo: uniformes, insignias, chapas, medallas, antiguallas de todo tipo, banderas, potos del año de Maricastaña, navajas oxidadas que pertenecieron al sobrino tercero por parte de madre de Baden Powell, etc…

Curioso, esto del fenómeno del “medallismo”. A los scout americanos les encanta condecorarse a sí mismos, cargarse con más chapas que un llavero y lucirlas con orgullo patrio allá adonde van. Pero, y todo esto ¿por qué es? ¿De qué le sirve a un esculta o clanero haber acumulado ochocientas mil chapitas que le acreditan como maestro de la petanca, experto en hacer castillos de naipes o en montar en patinete de montaña?

Porque el problema de la proliferación de especialidades y de sus correspondientes insignias es que pasamos de las actividades básicas, como rastreador, senderista o acampador a inventarnos verdaderas bobadas que en el fondo no sirven de nada ni al que condecora, que pierde el tiempo preparando dichas actividades, ni al condecorado, que seguramente jamás volverá a hacer nada parecido fuera de los scout.

Y a eso hay que añadir que la propia insignia, la acumulación de ellas, pasa a convertirse en un objetivo prioritario del scout. En el fondo da igual si sientes la promesa o eres un buen scout dentro y fuera del grupo. Si no tienes X medallas por ronda, no vales lo mismo que el resto. ¿Resultado? Que todos acabamos compitiendo como descosidos por la última novedad en especialidades, por la última chorrada que los scouters se han inventado para tenernos entretenidos.

Supongo que por todo eso me alegro de que en España, por mucho que no nos guste el nuevo uniforme y lloremos por las esquinas pensando en nuestra añorada camisa, hayamos desterrado definitivamente esta tradición absurda que convertía el escultismo en una competición por obtener el mini-premio fuera como fuese. Simplificando las cosas y recuperando la esencia de aquellos lejanos días de Brownsea, donde Baden Powell levantó el primer campamento de fortuna scout, es posible que podamos establecer un proyecto pedagógico con sentido.

Todo lo demás, las chapas, las insignias y las medallitas, es pura parafernalia. Un adorno tan superficial como innecesario, que nada dice en realidad de las virtudes de lo que yo entiendo que debe tener un scout.

Aunque de eso ya hablamos otro día, que si no…

Rann.

ENTREGA 2: Perfiles de Scouters (Rulos).

- ¡Esto no es serio, señores, es un cachondeo! ¡Esto no es ni una formación ni es nada! ¡Venga, todo el mundo al comedor, que ya hemos terminado!

Y allá que fuimos todos, cabizbajos, sabiendo que Víctor tenía más razón que un santo aquella tarde de julio de 2007. Seguramente a alguno se le pasó por la cabeza que debería haber tenido una reacción similar, pero lo cierto es que hasta que no estalló el monitor de esculta aquello estaba siendo una formación, cuando menos, desordenada.

Víctor a veces se mete en líos por decir las cosas como las siente, con esa forma de pensar práctica, clara y concisa. No es alguien que se ande por las ramas, con titubeos o con segundas. Si cree que estás haciendo algo mal, te coge por banda y –eso sí- muy discretamente, sin que los demás se enteren, te pone los puntos sobre las íes. Uno por uno, hasta que no le queda más que añadir. Luego te mira, con esa mezcla de seriedad y cachondeo permanente que tiene, te da una palmadita en el hombro y se da media vuelta y aquí no ha pasado nada.

Es posible que mucha gente conozca ese lado de Víctor, el que saca cuando hace falta, cuando hay que ponerse serios si el asunto se está desmadrando. Otros, a lo mejor, tienen más presente ese lado bromista y desenfadado que saca en comidas, en veladas y en días de grupo. Lo más seguro es que todos le hayamos visto en esas dos versiones, y que sepamos, por tanto, que lo que conviene es intentar que se quede siempre en la segunda. Primero porque eso significa que lo estamos haciendo bien, que no hay motivos para que suene la alarma. Segundo, y no menos importante, porque así podemos disfrutar a su lado.

Este caballero, absoluto renovador de la danza tradicional de la sandía –no le gusta que se lo recuerden, así que chitón, ¿ok?, que yo no he dicho nada– es un experto animador de veladas. Esto es algo que conoce desde el primer castor hasta el último esculta, probablemente porque es lo más llamativo de su labor como scouter (de hecho, el primer recuerdo suyo que tengo yo es precisamente la versión de la sandía de Griébal 2005, con Juanlu y Kaban haciéndole los coros).

Sin embargo, quizá haya aspectos de él que, por guardárselos más, conozca menos la gente, y que no está mal que se sepan.

Por ejemplo, algo que a lo mejor no sabe todo el mundo es el grado de implicación que tiene con el grupo. En estos años que llevo en el Antártida, especialmente cuando salgo fuera, a los básicos, y escucho a scouters de otros grupos, oigo hablar del compromiso por aquí, el compromiso por allá, la promesa, bla, bla, bla… sin embargo, en no tanta gente he visto cómo todo eso se cumplía de una manera tan sencilla, bien hecha y práctica como en Víctor.

En estos años, como decía, también he podido ver a monitores –o scouters, como él mismo me puntualiza siempre que tiene ocasión- con virtudes de lo más variado: los hay que saben mucho de escultismo, o que saben más de nudos que Popeye el marino. Hay scouters que saben contar cuentos que es una maravilla, o que tienen una habilidad para las manualidades o malabarismos que darían ganas de enrolarlos en el circo. Hay scouters, por último, que son verdaderos psicólogos para adolescentes, que escuchan en vez de hablar.

Todos esos scouters pueden ser un 10 en esas disciplinas, pero para mí les falta algo importante, que es una regularidad mayor en las demás. Alguien que reúna esas condiciones, que sea un 8 en todas ellas es algo que sólo he visto en un par de personas. Una de ellas era mi hermano. La otra, sin duda, es Víctor.

He tenido la suerte de poder compartir muchos ratos con él este último verano, preparando actividades para esculta, y entonces he podido apreciar lo mucho que le importan los chavales. Y conste que no es un scouter-madraza, ni mucho menos. Su forma de preocuparse por ellos, de atenderlos, de cuidarlos, es diferente. Es como él, en el fondo: una forma que mezcla la broma y la seriedad a partes iguales, el compromiso, la entrega y todos los recursos de que dispone para hacerlo lo mejor que sabe.

Una buena receta, en definitiva, y un mejor scouter, de esos que hay que cuidar para que estén siempre cerca, para las bromas, por supuesto, pero también para las broncas. De éstas también se aprende, qué duda cabe. Quizá más que de las risas, que con Víctor, en cualquier caso, están más que aseguradas.

ENTREGA 1: Una leyenda.

Cuenta la leyenda que un tal señor Boyce iba caminando entre la espesa niebla londinense, completamente perdido, en una fría y lejana tarde de octubre de 1909. Iba el pobre Boyce tiritando y preguntándose por qué no se habría quedado en su América querida, cuando de pronto se le apareció un muchacho de unos doce años de edad, vestido con un uniforme de color caqui, un gorro y una pañoleta amarilla. El señor Boyce pensó que estaba alucinando, porque era la primera vez que visitaba la capital de Inglaterra y aunque había oído que los ingleses eran raros, aquello ya superaba todas sus expectativas.

Tras preguntarle al niño si conocía el camino hasta la parada de autobús más próxima, éste se ofreció a guiarle, ya que le dijo que por culpa de dar tantas vueltas se encontraban realmente lejos de dicha parada. Y durante más de media hora, ambos caminaron y caminaron mientras el chico no dejaba de contarle la cantidad de aventuras que había tenido ese mismo verano.

- Gracias a los Scout ya sé cortar con hacha, orientarme en medio del campo, hacer fuego, disimular mi rastro, y seguir el de los animales. Incluso sé fabricarme una brújula, y todo.

- Es impresionante, sin duda. Por cierto, antes has utilizado una palabra, ¿cómo era? ¿Scout? –dijo Boyce, que jamás había escuchado ese nombre.

- Sí –dijo el pequeño-. Soy un Boy Scout, y mi jefe de grupo se llama Robert Baden-Powell.

A Boyce el tal Baden Powell le sonaba a chino, casi tanto como los Scouts, pero sentía tanta curiosidad que le pidió al muchacho que le acompañara a la sede de su grupo, que estaba muy cerca de allí, en el número 25 de la calle Buckhinham.

Y al llegar allí, Boyce vio por primera vez la inmensa flor de lis, con sus picos y estrellas, ondeando con solemnidad en medio de una enorme bandera morada que presidía el edificio, al amparo de la niebla y el frío del atardecer.

- Es preciosa –dijo, admirado-. La verdad es que tengo curiosidad por conocer a ese Baden Powell. Me has hablado tan bien de él que no puedo por menos que entrar a saludarlo.

- Es un gran hombre, ya lo verá. Y cuando salga, ahí mismo tiene la parada del autobús –dijo el chico, señalando un cruce cercano.

El americano comprobó que la parada estaba donde el chico decía, y entonces se sintió tan agradecido que, como era costumbre en su país, se llevó la mano al bolsillo para darle una propina en pago por su ayuda.

- Oye, me gustaría darte esto, como muestra de agradecimiento.

El pobre Boyle estaba tan acostumbrado a los dólares que le ofreció ni más ni menos que veinte libras esterlinas, toda una fortuna en aquella época. Asombrado, el chico retrocedió, diciendo:

- Lo siento, señor. Los Scouts actuamos sin esperar nada a cambio. No puedo aceptar lo que me da. Que tenga un buen día.

Y nada más decirlo echó a correr, perdiéndose en mitad de la niebla. Boyce lo siguió con la mirada, sorprendido por aquella extraña muestra de generosidad, y después, tras guardar su dinero, entró con decisión en la sede Scout.

* * *

Dicen que tras su regreso a Chicago, su ciudad natal, James W. Boyce utilizó sus contactos de publicista para crear el primer grupo Scout americano, los Boy Scouts of Chicago, que irían poco a poco extendiendo su fama a otras ciudades del país, desde Nueva York a San Francisco, pasando por todos y cada uno de los estados. En menos de una década los Scout se habían multiplicado de tal forma que en 1920 eran ya la organización juvenil de ocio y tiempo libre más importante de Estados Unidos.

Lo que no dicen es qué fue del muchacho que guió a Boyce hasta la sede británica Scout, que permitió su expansión a nivel internacional. De hecho, cuando el propio Boyce entró en el número 25 de Buckhinham, preguntó a la secretaria:

- Oiga, me gustaría que agradecieran de mi parte al chico que me ha traído hasta aquí. Fue muy amable al evitar que me perdiera aún más de lo que ya estaba.

La secretaria lo miró como si no entendiera, y cuando Boyce le contó toda la historia, ella le respondió, muy amablemente:

- Señor, llevo observándole desde hace un rato por esa ventana, y puedo asegurarle que ha venido caminando usted solo todo el tiempo. ¿Seguro que se encuentra bien?

* * *

Hoy en día, en el parque Gilwell, en el centro internacional de Adiestramiento scout, todavía se puede encontrar la estatua del búfalo americano que los Scout hicieron levantar en honor al desconocido muchacho (Boyce se empeñó tanto en que no había sido invención suya que al final terminaron creyéndolo, por más que ningún chico coincidía con la descripción que dio el americano)

Y al pie del búfalo, una enorme figura de bronce, reza la siguiente inscripción:/p>

"Al Scout desconocido quien en su lealtad al diario cumplimiento de la Buena Acción, hizo posible traer el Movimiento Scout a los Estados Unidos de América".



Rann.

(P.D: ¡Se nota, se siente, Antártida está presente! Un fuerte abrazo a todos.)







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